¿Tú matas o asesinas?

Para la gente común y corriente no hay diferencia entre matar y asesinar, las dos significan lo mismo, para un soldado de los EU en Iraq, si es mucha la diferencia. Con una justifican la otra.
En la siguiente entrevista se puede comprobar.

El sargento Courtney Hollinsworth murió en una emboscada en Bagdad poco después de protagonizar esta historia.

¿Tú matas o asesinas?

Para empezar, la radio no funciona. Agachado en la sombra de la noche, el sargento Hollinsworth intenta arreglarla entre susurros y juramentos. Es demasiado tarde para echarse atrás, para volver con el resto de la unidad. Así que en la esquina entre la calle 35 y la parte más siniestra del barrio de Dora, Hollinsworth asume el riesgo de la oscuridad, de estar en zona hostil, de que sólo somos tres soldados y un periodista y de que, si pasa algo, no va a poder pedir ayuda. Ordena a Philippus que abra la marcha y nos internamos sin remedio en la noche, en busca del lugar donde tenderán la emboscada a los insurgentes.

Philippus asiente y se ajusta unas gafas de visión nocturna que transportan su mirada a un mundo verde brillante. Suda. Levanta su fusil, que en la punta lleva una botella de agua de litro enroscada y pintada de negro. Es un silenciador casero. “No tenemos silenciadores para todos, así que esto servirá. Al menos para los primeros cinco o seis tiros. Para entonces todo debería haber terminado”, me ha contado antes de salir sin darle importancia, con la altivez del soldado que se sabe miembro de la elite. Él, Kimble y Hollinsworth forman uno de los Small Killing Teams de la compañía Apache, grupos de tres soldados que se infiltran en territorio insurgente por la noche para “cazar”.

Small Killing Teams no es una expresión fácil de traducir. En castellano podríamos llamarlos Pequeños Equipos de Asesinos, o de Ejecutores. Pero no acertaríamos de pleno. Quizás la forma más correcta fuera Pequeños Equipos de Matar. Ocurre que nuestro idioma ha perdido el sustantivo del verbo matar. La tauromaquia se lo ha arrebatado a la guerra. Y es una pérdida importante, porque en la diferencia entre “matador” y “asesino” es donde habita la ética y el sentido del soldado, su autojustificación.

Como aquel joven militar norteamericano, que allá por abril me contaba su indignación cuando un grupo de pacifistas lo llamó asesino: “Yo no soy un asesino, soy un profesional de matar, un experto”. Algunos no lo tienen tan claro. El sargento Robles, después de la misión del otro día, me confesaba que él, a veces, sí siente que está asesinando. “La mayor parte de los que maté nunca me vieron, nunca supieron que estaban a punto de morir, no tuvieron ninguna oportunidad. Más que matarlos los asesiné”, me dice.

El teniente Humphrey no pierde el tiempo en esas disquisiciones. Lo que a él le preocupa es que sus hombres apunten bien y sepan a qué disparan. No es una cuestión moral, sino práctica. “A ver chicos… No puedo enfatizar suficientemente la importancia de identificar el blanco antes de disparar. No me entendáis mal… yo también quiero matar a esos cabrones y tener mis muertes confirmadas como el que más… pero no nos interesa hacernos nuevos enemigos. Ya tenemos suficientes”, les ha dicho este profesor de historia de 25 años antes de salir a la misión. Philippus ha sonreído. Él si que tiene ganas de “acabar con unos cuantos”. Hace unos días se salvó de morir por unos pocos centímetros. Le pegaron un tiro en todo el casco. El Ejército le dio una medalla porque después de recibir el balazo agarró su fusil y no paró de disparar hasta que se quedó sin balas. Cinco cargadores, 150 balas en total.

-¿Y mataste a alguien?-, le pregunto.

-Pues no tengo ni idea. No fuimos a comprobarlo.

“Mierda”, grita Kimble mientras avanza por las calles de Dora a trompicones. Hemos echado a correr cuando un vecino ha encendido la luz de su portal y nos ha dejado al descubierto, vulnerables. Y la carrera nos ha llevado hasta un lodazal. “¡Mierda!”, nunca mejor dicho. Aguas fecales, verdes, con olor a excrementos y basuras pudriéndose cubren las botas de Kimble hasta el tobillo. Sus gafas de visión nocturna no le han alertado que debajo de la capa de basura que estábamos pisando había un buen charco de eso, de mierda, en medio de una de las plazas del barrio.

En Dora nadie se atreve a recoger ni la basura ni las aguas fecales. Los milicianos de Al Qaeda han sido muy claros al respecto: son intocables, bajo pena de muerte. Les sirven como escondite ideal para ocultar las bombas que ponen al paso de las patrullas norteamericanas.

Hollinsworh ordena parar. Saca la radio, intenta comunicarse otra vez. Nada. Un vehículo cruza la calle y nos escondemos en las sombras.

-Joder, son de los nuestros. ¿Sargento, saben que estamos aquí? A ver si estos retrasados nos van a pegar un tiro-, pregunta Philippus.

-Mierda, no lo sé. En el centro de mando han quedado en avisarles, pero vete tú a saber-, contesta Hollinsworth.

Durante unos segundos apretamos los dientes, mientras pasa el convoy, rezando para que no nos vean o que, si nos ven, no nos disparen. Se me vienen a la cabeza los incidentes de “fuego amigo” que he visto desde la invasión. Aquel domingo 6 de abril del 2003 cuando un caza norteamericano dejó caer por error una bomba sobre un convoy de soldados de EE.UU., peshmergas kurdos y periodistas que viajaban por el norte de Irak camino al frente. Veinticinco personas murieron aquella mañana en un infierno de coches ardiendo, llamas y munición saltando por los aires por el calor del fuego. También murió Kamaran, un kurdo al que conocía y que trabajaba de intérprete para la BBC. Esta vez tenemos más suerte. El convoy nos ve, pero pasa de largo. Incluso en la oscuridad puedo ver distenderse de alivio el rostro negro y rechoncho de Hollinsworth. El sargento señala una casa. Es el objetivo.

Entramos despacio, sin demasiado ruido. Hollinsworth llama a la puerta. El dueño abre y entramos. No tenemos traductor así que no hay forma de comunicarse con el iraquí. El sargento le extiende una nota escrita en árabe donde está escrito lo esencial de la misión: que su casa va a ser ocupada temporalmente y que nadie puede salir de ella hasta que no se vayan los soldados. El hombre manda a su mujer y a sus hijas a otra habitación para que no tengan contacto con los norteamericanos y estudia la nota con interés. Sus ojeras delatan que lo han despertado del más profundo de los sueños.

Pero esta es una casa difícil de defender si las cosas van mal, así que nos quedamos sólo el tiempo justo para que el sargento arregle la radio. El iraquí se sienta y mira indolente todo el proceso, con resignación.

Aún entramos en otras dos casas más que no convencen ni a Hollinsworth ni a sus hombres. Así que seguimos caminando entre las calles mugrientas intentando esquivar las patrullas norteamericanas para no tentar a la suerte. Que no nos hayan disparado la primera vez no quiere decir que no lo vayan a hacer ahora.

A la cuarta va la vencida, una vivienda con buenas vistas y un buen escondite para los tiradores. Un campo de fuego directo para la emboscada en el lugar donde presuntamente se reúnen los milicianos de Al Qaeda. Philippus coloca su fusil entre las cortinas y lo envuelve con una sábana para camuflarlo. A los propietarios de la casa, una pareja con tres hijos, se les recluye en la planta de abajo. Y los soldados se sientan a esperar. A que amanezca y la gente empiece a caminar por las calles.

Pero no pasa nada. Resulta difícil que el aburrimiento y el sueño no te venzan. A pesar de que los tres soldados han traído con ellos varios Rip It, bebidas con alto concentrado de cafeína, taurina y quién sabe que más sustancias que usan para mantenerse en pie. Se oye una ráfaga.

Ha sido muy cerca. A unos cincuenta metros. De Kalashnikov, con su petardeo característico. Philippus toma el fusil y se tensa, lo balancea de un lugar a otro intentando ver a quién han disparado.

-Mierda, creo que querían pegarle a esa mujer y a ese niño que van corriendo por ahí-, dice Philippus-. A lo mejor eran los de Al Qaeda, para provocarnos y que revelemos nuestra posición.

-Bah, seguro que han sido esos cabrones del Ejército iraquí. Disparan así, a cualquier cosa. Si nuestra vuelta a casa depende de que estos tíos sepan proteger a esta gente, estamos apañados-, responde Hollinsworth.

Y todo queda ahí. Cuando llega la hora de volver, salimos de la casa sin saber quién disparó y sin que ningún insurgente haya hecho acto de presencia. Cuando me dispongo a salir de la casa y echar a correr, una mano me agarra del hombro. Es Hollinsworth. Me mira muy serio. “No te fíes, ten cuidado y pégate a las paredes. Este barrio parece ahora calmado, pero es un lugar jodidamente peligroso. Me juego el culo a que no tardamos mucho en tener más bajas”.

Tomado de ADN.es

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